domingo, 25 de septiembre de 2011

LA MUERTE DE UN HINCHA ES LA MUERTE DEL FUTBOL

Vista interior del palco donde ocurrieron los hechos.
Actos de barbarie no permiten ningún tipo de introducción, nos obligan ir al grano.
Lo ocurrido la noche del último sábado, en una de las tribunas del estadio Monumental de Ate, no es el primero sino uno de los tantos hechos asociados a esa monstruosa deformidad que medios de comunicación y nosotros, los ciudadanos, insistimos en llamar futbol peruano.
Aunque ya todos los detalles de la muerte de Walter Oyarce (lanzado de un palco al vacío), para este momento, hayan sido cubierto por diarios, noticieros radiales y televisivos, es necesario dejar sentado algunas cosas que nos permitan exigir a las autoridades policiales, del Ministerio Público y del Poder Judicial actúen con la seriedad y severidad necesaria.
Matar por motivos nimios o fútiles como el no compartir la afición por un determinado club (equipo) de futbol es delito de asesinato no de homicidio.
Muchos se preguntarán cuál es la diferencia.
Tanto el asesinato como el homicidio, constituyen delitos contra la vida, de acuerdo al Código Penal peruano.
Ambos delitos se materializan cuando una persona le quita la vida a otra, esto es, la mata.
La diferencia radica en los medios que se utilizan para cometer el hecho o los móviles (motivos) que nos llevaron a ello (además de la intención). La utilización de determinados medios y la existencia de ciertos móviles convierten al asesinato en un delito más grave, pasible de una sanción mayor. En cambio, en el homicido solo existe la intención de matar desprovista de todo aditamento.
Cuerpo de Walter Oyarce camino al hospital.
 Der. fotografía de la víctima.
El homicida quiere el hecho y nada más; el asesino lo quiere de cierta manera, con ciertos medios que lo hagan efectivo; el homicida puede aducir razones (aunque de ningún modo justificadas o exculpantes); el asesino mata por cualquier estupidez, el acto refleja su nulo respeto por la vida ajena, su impulso normal es liquidar, muestra de su perversidad. Esto es lo que se entiende como ferocidad o placer en la ley peruana.
El asesinato no tiene atenuantes.
La mayoría de casos de muerte criminal entre jóvenes y adolescentes en Lima tienen como móvil la pertenencia a barras de equipos de futbol rival. Jurídicamente, todos estos casos son asesinatos, que como lo hemos expresado representan un hecho de mayor gravedad y que refleja el desprecio por la vida ajena de parte de sus autores.
Sin embargo, cabe tener presente, que las víctimas de la violencia por parte de  las barras no son únicamente miembros de otras barras, sino también, transeúntes, pasajeros, comerciantes y cuanta persona ajena a estos delirios tiene la mala suerte de cruzárseles en el camino.
Resulta indignante que se disponga de gran cantidad de miembros de la Policía Nacional del Perú, así como de recursos, para que sirvan de escolta a estas hordas camino a los estadios que en realidad se han convertido, ya hace mucho, en circos romanos o campos de batalla, muy lejos de ser recintos donde se practique un deporte. Es como si las fuerzas del orden fueran destinadas a acompañar a delincuentes a cometer sus fechorías. No existe ninguna razón que permita justificar tales despliegues.

Nos corresponde a todos parar en seco algo que nosotros mismos hemos impulsado y apañado. Hemos permitido que la distorsión de un juego acapare las noticias relacionadas con otras prácticas que si les corresponde el calificativo de deportes. Se ignora a gente que en silencio conquista medallas, campeonatos por darle cobertura total. Somos adictos a las crónicas que dan cuenta de rivalidades personales o institucionales con el cuento de calentar el ambiente. No nos damos cuenta que con eso de alguna manera estamos dándoles razón de ser a esos criminales.
No debemos perder el instinto de protestar. No es justo que nuestros hijos, vayan a un espectáculo deportivo y nunca más los veamos regresar a casa. Exijamos a las autoridades cortar el cordón umbilical que une a estas hordas con los clubes; investigar el tipo de relación existente entre los jefes de esas pandillas con los directivos; que se prohiba el destinar un número de entradas para las barras.

En muchas ocaciones a quedado demostrado que los clubes han permitido a esos miserables tener alguna ingerencia en su vida institucional (como es el caso de cambios de entrenadores, rendimiento deportivo, etc.). Los clubes deben asumir de una vez por todas su responsabilidad, al fin de cuentas, el futbol para ellos representa un negocio. Nosotros, la comunidad, no tenemos obligación de ceder nuestras calles, nuestro patrimonio, nuestra integridad física para que les sirva de medio para expresar sus frustraciones. 
Max Marruffo S.

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